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Zarmannd

Imagen
El colectivo pasa. Yo estoy en la parada esperando. Hace frío, el cielo está gris, y mis dedos se ponen duros. La gente va apurada, sin posar la vista. Me pregunto cuánto tardará, si llegaré temprano. Me lamento de no tener nada para comer mientras espero, por pura gula. Viene el colectivo. Al subir pago el boleto y me siento al fondo. Miro por la ventana. Una niña muy bonita me sonríe. Hace un movimiento con su mano que no alcanzo a comprender. El colectivo arranca, y todo se pone frío. Más frío. Me invade un presagio sin forma. Un escalofrío en el corazón. El aburrimiento me invade. No hay para leer. No hay para oír. No vale la pena ver. Caigo preso de una siesta. Tiempo pasa, queda varias cuadras atrás… Abro los ojos. Colectivo vacío. Ventanas blancas. La palabra “ Zarmannd ” escrita en la ventana empañada, desde afuera. Me invade la desesperación. Nausea y llanto se juntan en la garganta. Quiero salir, pero no hay por dónde. No hay a dónde. ...

Ser

¿Es demasiado suplicar un poco de cordura? ¿Es de verdad tan fácil tomar la senda del buen camino? ¿Es tan penoso el valor de llorar que optamos por ya no soñar? ¿Es tan difícil contemplar el sol? ¿Es tan sufrido no tener por qué? ¿Es tan vacía una vida sin Dios? ¿Es tan profundo el mar sin sensación? ¿Es tan meloso ese sabor de amar? ¿Es tan amargo el odiar a quién? ¿Es tan preciso aquel suspirar? ¿Es tan confuso el saber qué hacer? ¿Seré mas feliz cuando ovide el preguntar cómo hacer para cambiar al ser?

Línea

El chofer, pese a estar haciendo su tercer hora de recorrido, ya estaba cansado. No había podido dormir bien, y eso no lo ayudaba en el turno de madrugada. Eran pocos los pasajeros, la mayoría personas que salían de los locales nocturnos. Sólo había a bordo del colectivo una pareja mimándose en los dos asientos de al lado de la puerta central y un hombre encapuchado durmiendo en el último asiento. Era deprimente ver el rocío helado de las madrugadas en el parabrisas, parecía empañarle la vista desde adentro haciéndole observar un mundo gris y sombrío donde las únicas almas que vagan sin rumbo son las luces de los semáforos. La rutina dominaba la noche, como siempre pasaba en la línea. El chofer se frotó la vista al parar en el semáforo de Lavalle y con un movimiento mecánico tomó agua de una botella de plástico que había traído de su casa. Nadie pasaba por Callao. El colectivero se disponía a arrancar mientras el semáforo   encendía su luz amarilla cuando unos golpes insiste...