Comenzó apilando las sillas sobre la mesa. Se sentía por fin dueña de su destino. El Universo le daba la razón a sus reclamos. María luego escurrió el trapo con una voluntad que su cuerpo ya no tenía y lo violentó contra las baldosas del comedor. La madera del secador era un hueso más rozando sus nudillos. Nicanor entró a la habitación dando los buenos días. Los “buenos días” no existen, ambos lo sabían. No podían existir en semejante pocilga, y con semejante parásito bajo el mismo techo esparciendo su enfermedad sobre los ambientes. María se lo hizo saber sin perder el tiempo, con unos aullidos típicos de un animal que muerde por miedo. Nicanor dio un gran suspiro de tristeza, enojo, vergüenza, culpa, hartazgo, impotencia, o tal vez un sentimiento sin forma que de todas formas luego iba a ignorar. María le vociferó su reproche por la hora, porque de nuevo él había dormido hasta el mediodía luego de otra noche de insomnio en su rincón. Una defensa breve se convirtió en un...