Cuatro paredes ajenas, viento que sacudía mis cabellos, música que sacudía mi cabeza abarrotada. Faros nocturnos de soledad urbana. Todo duerme, ellos también duermen, sólo yo y mi espacio ajeno estamos vivos. Vivos en cada paso, cada aliento, cada sombra, cada línea de la figuración infinita limitada por estas cuatro paredes infinitas... Rojo sobre rojo, blanco sobre blanco, nota sobre nota, ladrillo sobre ladrillo, ciudad sobre ciudad, noche sobre noche, nada sobre nada, y todo sobre todo. Estallo, me reconstruyo y vuelvo a estallar. Ya no existo, lo etéreo existe conmigo en ese universo soñado plasmado de vida desaparecida dentro de una copa. Me rindo al universo, sus realidades y su música. Llévenme, llévenme... Pues ya no quiero volver...