Cerruti colgó el teléfono y salió de la comisaría diciendo que le había surgido un imprevisto personal. Se llevó uno de los autos secuestrados del playón como era costumbre en ese tipo de salidas, un Fiat Duna rojo con el parabrisas astillado y la numeración de acta despintada. La reunión era a las dos de la tarde, así que tenía tiempo. Pasó por su casa a cambiarse el uniforme y preparar su arma por las dudas. La limada, no la reglamentaria. Saludó a su esposa de lejos mientras mordía una milanesa sobrante que había encontrado en la heladera, y volvió a salir. Las reuniones con el Turco Gonzáles generalmente eran en lugares neutrales, con desconfianza y resguardos de ambas partes. Esta vez iba a ser diferente, en la villa, y en una de las casas seguras de la barrabrava. La situación no ayudaba. Para colmo uno de los gatillos del Turco, un pendejito con la cabeza quemada por porquerías, le metió dos disparos en la cabeza a un agente haciendo adicionales en un supermer...
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