Momentum



Es complicado definir las imperfecciones humanas. Ya sea el miedo, la ignorancia, la incomprensión, la inhibición, el cotidiano arte de que hacer que el mundo se nos resbale junto con el tiempo entre los dedos, todas hacen un caldo de cultivo que nos infecta y nos enferma y nos vuelve estériles. No nos permite disfrutar el aire que respiramos, ni los pasos que andamos al tomar el colectivo entre Corrientes y Maipú, ni aunque sea el más superfluo gran placer de la vida, como comer, o pensar, o hacer el amor. Todo fluye en un torrente infinito de tiempo ahorrado y perdido, una inversión acabada en bancarrota universal. Y tal vez la imperfección más grande es saber esto y no poder remediarlo, no poseer el básico instinto humano de superar su medio, el usar la llave que abre la propia celda. Nadie queda exento de imperfecciones, ni puede jactarse de serlo (aunque sería bienvenido).

El ser humano ha aceptado tanto sus imperfecciones, se ha colocado en un puesto de tal inferioridad con los dioses, que ya no puede, ni quiere, ni debe, ni querría, ni se atrevería a levantar la cabeza una noche para admirar la luna o las estrellas, tal vez porque teme tomar conciencia del valor del tiempo que desperdicia viviendo una vida maquillada, o tal vez porque considera inútil contemplar algo que dejó de existir mucho antes que él. Quizás es que resulta demasiado amenazante la sensación de estar condenado a sentir la caricia fría de la lluvia recorriendo una mejilla, debido a las advertencias exageradas de la radio y la televisión y las madres de que en las gotas de lluvia viaja el resfriado, y nos privamos de ese placer llevando un paraguas gris sobre una cabeza envuelta en un entretejido de lana para ocultar cómo en quince años esa cabeza no tocó el sol. 

Resulta más cómodo, más simple, más barato, más seguro y más humano sumergirse en un mundo plástico de moda tecnicolor nauseabunda, en donde no se necesita más que un encendedor y una veta de tabaco rubio para ahogar el más profundo pensamiento filosófico, en donde por una suma moderadamente aceptable se pueden recibir clases de amor de motel, en el cual uno duda de la cotidianeidad de su dios y de sí mismo, y acaba por morir en un desván tanto por llorar y gemir y drogarse como por la cuenta a la hora de pagarle a su mesías, y es entonces cuando se da cuenta de que el alma se troca en papeles inútiles. 

Y luego se quiere derramar una lágrima pero ya no se tienen, y se quiere gritar pero ya no se puede, y se quiere correr pero ya no se debe, y se quiere vivir pero se debe pagar el alquiler, el auto, la comida, y los chicos, y la cena, y las lágrimas de la madre, y la llamada de un amigo lejano, y una copa vacía en una noche de estática en la tevé. Y así, vertiginosamente como un suspiro de humedad, se nos escapa el alma, y las razones para respirar, y las razones para tomarse el colectivo entre Corrientes y Maipú, y las razones para comer, pensar y hacer el amor y la infinidad de cosas que deseamos pero no deseamos, porque ya no podemos, ni queremos, ni debemos, ni nos interesa, ni le interesa al mundo.
Quizá la imperfección más grande del ser humano sea intentar ser perfecto. Sí, cumplir con los deseos de plástico, con las fijaciones que nos incitan. Quizá la imperfección más grande sea el acto mismo de desear lo que él mismo se niega, de recurrir a algo totalmente inalcanzable como el amor o una caricia o una lágrima o una llamada de un amigo lejano. Quizá la imperfección más grande sea intentar corregir sus imperfecciones, olvidándose de vivir el sol que le ha tocado. Y así el sol se va y se viene, y el mundo vive, o así lo pretende, en su parsimonia.

El momento gotea segundo a segundo, minuto a minuto, hora a hora, día a día, año a año, rato a ratito. Se disfruta la rutina diversa como un caramelo de hiel empalagosa. Se decide qué cosas se compran en el mismo mercado del día anterior, qué estación de radio se pondrá en el mismo auto a la hora de ir al mismo lugar, qué placebo delicioso se le dará a la conciencia para seguir sumido en la esclavitud personal. Pero dejemos que pase, como pasa la vida, dejemos que el olvido desmorone lo que la memoria no alcanzó a construir, pues ¿quién asegura el valor del momento si no es quien lo vive? ¿Quién asegura que al acabar de escribir estas líneas no caerán en el olvido junto conmigo cuando sea la hora del último sueño? ¿Quién le da valor al recuerdo si no quien lo recuerda?

Momento pasa una vez más, a través de bocanada de tabaco rubio. Veo libros apilados sobre el escritorio, una cama deshecha de la noche anterior, una pluma Parker a un lado colocada con delicadeza sobre una carta escrita en francés, un vaso casi vacío que hace horas contenía whiskey con hielo pero ahora no es ni lo uno ni lo otro. Sueño sin dormir. Vivo, respiro el momento, el ahora pasado, el presente hecho regalo. El olvido hecho asalto. 

Ahogo otro pensamiento en humo, ya basta de reflexión que no lleva a nada.

La editorial no quiere reflexiones sociales, para eso están los gurúes y los diputados. Pagan por caramelos visuales de limón para que queden pegoteados en la tapa de los diarios matutinos, que la gente saborea para aumentar la amargura de salir a la rutina.

Y el dinero es importante. ¿De dónde voy a sacar sino otro vaso de whisky u otro atado de cigarrillos? ¿Cómo me voy a tomar el colectivo a Corrientes y Maipú? ¿Cómo voy a poder respirar, comer, pensar y hacer el amor?

Saco la hoja de la máquina de escribir. La coloco a un lado, sobre la carta escrita en francés que tampoco nadie leerá, ni le importará leerla, ni querrá impregnarse en ella más que yo, tal vez.
Tomo otra bocanada de placebo aéreo y lo apago, porque ya está llegando al filtro.

Tomo mi abrigo.

Tomo el ascensor.

Salgo a morir otra vez, y dudo sobre volver.

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