Historia Universal
Nadie recordaba exactamente
desde cuándo la Inmensidad comenzó a existir, ni que tan grande era, ni cómo
era. Era sólo eso: inmensidad, misterio al horizonte, un espacio a ser llenado.
Tampoco nadie recuerda cuándo comenzó a existir la primera luz ni dónde estaba
exactamente, puesto que se creía que la Inmensidad era infinita. Tiempo
después, con la aparición de otras luces, debieron descartar esa teoría. La
Inmensidad termina y empieza allí donde hay una luz.
Pasaba el tiempo, mucho tiempo,
y las luces eran cada vez más ocupando un espacio que cada vez era más grande.
Apenas habían pasado siete ciclos cuando las luces ya rebotaban unas contra
otras buscando un lugar. Donde se pudiese ver había una luz brillando con su
color radiante. Un color que, en un principio, era un aura blanca con un
característico matiz azul. Tuvieron que pasar otros tres ciclos para que, por
la saturación del espacio, las luces cambiasen
de color para distinguirse entre sí. Si una luz en un extremo de la
Inmensidad deseaba comunicarse con otra que estaba en el otro extremo era muy
difícil siendo todas del mismo color.
Esto hizo mucho más fácil la
convivencia de las luces, pero generó un problema mucho mayor. Como bien se
sabe por su naturaleza las luces se llevan mucho mejor si tienen colores
similares, puesto que de otra forma tienden a alterar su luminiscencia. No es
que no puedan coexistir con otros colores, sino que les resulta más agradable y
conveniente agruparse con las de su clase. Y así fue.
Las primeras en agruparse
fueron las blancas, puesto que eran las más antiguas y deseaban armonía. Le
siguieron las azules, luego las rojas, las verdes, las violetas… Pronto, toda
la Inmensidad se dividía según el espacio que ocupaba cada color. Cada vez eran
más luces, cada vez era más espacio ocupado, y cada vez más colores.
A las luces les parecía que
la idea de agruparse era la mejor ocurrencia que habían tenido después de
incontables ciclos de existencia. La comunicación era sencilla, la armonía se
mantenía y todo se desarrollaba de manera cómoda y pacífica. Pero bastante
tiempo después, cuando ya había más de ciento setenta colores agrupados, el
sentimiento de unidad se rompió.
Una luz azul se sentía más
identificada con lo que comunicaban las luces rojas, al punto de que llegado el
momento decidió transfigurar su luz. Fue uno de los espectáculos que más logró
horrorizar a las demás luces. Fue un destello que no se definía bien entre
rojo, azul y violeta, completamente salvaje e intermitente que acabó por
reducirse a un avivado fulgor rojo. Hecho esto, la nueva luz roja se agrupó con
su nueva camada, que la recibió titilando y centellando de gozo.
Las luces azules estaban
furiosas, pero más que furiosas estaban temerosas del destino que pudiesen
esperar.
-
¿Y si se nos une
una luz de otro color?
-
¿Y si todas
acabamos siendo de nuevo el mismo color?
-
¿Qué color será
el preferido?
La paranoia se generalizó en
todos los conglomerados lumínicos. Fue tanto el miedo que los cúmulos más
antiguos decidieron sólo comunicarse entre sí. Temían que se volviese a los
tiempos de desorganización y caos, o peor… En realidad, no se sabía a qué se
temía… Pero se temía.
El aislamiento y el miedo
lograron cambiar el tema de las comunicaciones. Antes era de cómo se brillaba,
o qué secuencia emitir, o simplemente de qué tan radiante se podía ser… Ahora
eran sobre cómo proteger el cúmulo de las luces traidoras, de cómo las luces
rojas eran una plaga, las luces blancas unas “usurpadoras de espacio”, las
verdes unas “pobres centellas”, las azules unas “parásitas de energía”… Ninguna
en toda la Inmensidad se salvó de las oscuras conspiraciones de sus vecinas.
Se ofendieron tanto que los
cúmulos de luces comenzaron a distanciarse entre sí, pues no querían estar
cerca de potenciales traidores. Como ahora sólo podían comunicarse dentro de
sus lazos coloridos, las luces no repararon en el vacío de oscuridad que estaba
forjándose alrededor suyo, y que cada vez crecía más… Y más… Y más…
Fueron pasando los ciclos y
las comunicaciones se seguían sucediendo dentro de cada cúmulo, que cada vez
estaban más lejos uno de otro al punto que los colores vecinos eran apenas un
punto minúsculo en el horizonte infinito.
Y de repente, por esas
cuestiones de lógica universal que las luces no llegaban a interpretar, el espacio
vacío y lúgubre que envolvía sus cúmulos se cerró alrededor de ellos,
agrupándolos de nuevo uno pegado al otro mientras las luces luchaban por no
preguntar a sus vecinas qué era lo que estaba pasando.
El resultado de tan extraño
fenómeno natural fue que las luces se hallaron rodeadas por el abismo negro que
habían creado al alejarse. Ahora la Inmensidad no acababa ni comenzaba en
ningún lado, puesto que todas las luces estaban en el mismo lugar. El resto, el
infinito, estaba repleto de nada.
Ninguna sabía qué hacer, no
por qué había pasado, pero todas las comunicaciones de las luces seguían
culpando a los cúmulos de otros colores.
-
¡Ellas trajeron
la oscuridad, conspirando contra nosotras! – señalaron las luces rojas culpando
a las azules.
-
¡Son las Magenta,
que se han transfigurado a negro para absorber nuestra luz! –protestaron las
amarillas.
Seguían sin darse cuenta de
lo que estaba pasando. Aún no se daban cuenta cuando las primeras luces
comenzaron a apagarse.
-
¡Las blancas
absorben nuestra energía!
-
¡Son las
naranjas, nos apagan!
-
¡Alguien detenga
a esas fulgurantes luces cian…!
Una a una, las luces fueron
apagándose en sus cúmulos, volviéndose parte del abismo que las reclamaba. Algo
estaba absorbiendo energía, y no tenían forma de identificarlo. No tenían forma
estando aisladas…
Se apagaron primero las
rojas, luego las azules, las verdes, las blancas… Cada uno de los más de ciento
setenta colores fueron fundiéndose lentamente en el vacío, que era
cada vez más grande y profundo. Donde antes la luz saturaba la vista,
ahora el vacío hacía sentir un vértigo sin fin ni comienzo.
Para el final del ciclo sólo
quedaban dos luces: una rosa y una amarilla. Para esas dos luces todo estaba
resuelto, puesto que una de ellas era la responsable del caos.
-
Maldito bulbo
amarillo… ¡Tú estás detrás de todo esto!
-
Sólo quedamos tú
y yo… Sabes que no me puedes engañar,
¿de qué te sirve mentir?
En medio de esa breve
comunicación el “bulbo amarillo” se apagó. La luz rosa pudo percibir
horrorizada cómo los haces lumínicos de su adversario eran absorbidos por la
masa negra que avanzaba cada vez más, haciendo de ella la última luz existente.
-
Pero… Eso no lo
he hecho yo…
Sin más tiempo para sacar
conjeturas, también la luz rosa dejó de brillar.
La inmensidad tenía un solo
color, ésta vez sin medidas.
Todo había vuelto a la
normalidad.
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